viernes, 21 de noviembre de 2014

ACTO MODIFICADO (DECIMOSEXTO ACTO)

ACTO MODIFICADO ARGUMENTO DEL DECIMOSEXTO ACTO Pensando Pleberio y Alisa tener su morra Melibea el don de la virginidad conservado, lo cual, según ha parecido, está en contrario, y están razonando sobre la boda de Melibea; y en tan gran cantidad le dan pena las palabras que de sus jefes oye que envía a Lucrecia para que sea Causa de su silencio en aquel propósito. PLEBERIO, ALISA, LUCRECIA, MELIBEA. PLEBERIO.- Alisa, camarada, el tiempo, se nos va, como dicen, entre las manos. Pasas los días como agua de río. No hay cosa tan leve para huir como la vida. La huesuda nos sigue y rodea, de la cual somos vecinos y hacia su bandera nos emparejamos, según Naturaleza . Esto se ve tan claro , si echamos una mirada a nuestros iguales, nuestros familiares en derredor. Todos los traga ya la tierra, todos están en sus eternas moradas. Y pues somos inciertos cuándo abemos de ser llamados, viendo tan ciertas señales, debemos echar nuestras barbas en riego y aparejar nuestros descuidados para andar este preciso camino; no nos tome improvisos ni de salto aquella cruel voz de la muerte. Ordenemos nuestros espíritus con tiempo, que más vale prevenir que ser prevenidos. Demos nuestra fortuna a dulce sucesor, acompañemos nuestra única morra con marido, cual nuestro estado requiere, porque vamos descansados y sin dolor de este mundo. Lo cual con mucha rapidez debemos poner desde ahora por obra y lo que otras veces abemos introducido en este caso, ahora haya ejecución. No quede por nuestra abandono nuestra morra en manos de tutores, pues parecerá ya mejor en su propio cantón que en el nuestro . Quitarla hemos de lenguas de chusma, porque ninguna virtud hay tan perfecta que no tenga difamadores y chismosos. No hay cosa con que mejor se conserve la limpia fama en las vírgenes que con temprano casorio. ¿Quién evitaría nuestro parentesco en toda la ciudad? ¿Quién no se hallará contento de tomar tal joya en su compañía? En quien caben las cuatro principales cosas que en los casorios se demandan, conviene a saber: lo primero discreción, honestidad y virginidad; segundo, lindura; lo tercero el alto origen y parientes; lo final, pasta. De todo esto le dio la naturaleza . Cualquiera cosa que nos pidan encontrará bien cumplida. ALISA.- Dios la conserve, mi wey Pleberio, porque nuestros deseos notemos cumplidos en nuestra existencia. Que antes pienso que faltará igual a nuestra morra, según tu virtud y tu grande sangre, que no sobrarán muchos que la merezcan. Pero como esto sea oficio de los jefes y muy ajeno a las jainas, como tú lo ordenares seré yo alegre; y nuestra morra obedecerá, según su casto vivir y honesta vida y humildad. LUCRECIA.- ¡Aun si bien estubieras al corriente, explotarías! ¡Ya!, ¡ya! ¡Perdido es lo mejor! ¡Mal año se nos apareja a la madurez! Lo mejor Calisto lo lleva. No hay quien ponga virgos, que ya es Agonizada Celestina. Tarde pactaron y más habíades de madrugar. ¡Escucha!, ¡escucha! ñora Melibea. MELIBEA.- ¿Qué haces ahí escondida, chiflada? LUCRECIA.- Llégate aquí, ñora, oirás a tus jefes la prisa que traen por casarte. MELIBEA.- Calla, por Dios, que te escucharán. Déjalos charlar, déjalos delirar. Un mes ha que otra cosa no hacen ni en otra cosa piensan. No parece sino que les dice el corazón el gran amor que a Calisto tengo y todo lo que con él un mes ha he pasado. No sé si me han sentido, no sé qué sea aquejarles más ahora este cuidado que nunca. Pues mándales yo trabajar en vano. Por demás es la cítola en el molino. ¿Quién es el que me ha de quitar mi gusto? ¿Quién me aparta de mis placeres? Calisto es mi esencia, mi existencia, mi ñor, en quien yo tengo toda mi ilusión. Conozco de él que no vivo engañada. Pues él me ama, ¿con qué otra cosa le puedo pagar? Todas las Deudas del mundo reciben compensación en diverso género; el amor no acepta sino sólo amor por paga. En cavilar en él me alegro, en verlo me deleito, en oírlo me exalto. Haga y ordene de mí a su voluntad. Si pasar quisiere el mar, con él iré; si rodear el mundo, lléveme contigo; si Venderme en tierra de enemigos, no evitaré su querer. Déjenme mis jefes gozar de él, si ellos quieren deleitarse de mí. No piensen en estas vanidades ni en estos casorios: que más vale ser buena camarada que mala novia. Déjenme gozar mi juventud alegre, si quieren gozar su ancianidad Fastidiada; si no, presto podrán arreglar mi ruina y su sepultura. No tengo otra lástima sino por el tiempo que perdí de no gozarlo, de no conocerlo, después que a mí me sé conocer. No quiero Novio, no quiero ensuciar los nudos del casorio ni las conyugales pisadas de ajeno hombre Insistir, como muchas topo en los antiguos libros que leí o que hicieron más prudentes que yo, más subidas en estado y linaje. Las cuales algunas eran de fanatismo tenidas por divas, así como Venus, madre de Eneas y de Cupido, el dios del amor, que siendo casada corrompió la Prometida fe conyugal. Y aun otras, de mayores fuegos ardidas, cometieron torpes y Manchados yerros, como Mirra con su jefe, Semíramis con su morrillo, Cánace con su hermano y aun aquella obligada Tamar, morilla del rey David. Otras aun más cruelmente traspasaron las leyes de lanaturaleza, como Pasifé, mujer del rey Minos, con el toro. Pues jefas eran y grandes ñoras, debajo de cuyas culpas la cuerda mía podrá pasar sin insulto. Mi amor fue con justa causa. Solicitada y suplicada, cazada de su mérito, fatigada por tan astuta maira como Celestina, servida de muy peligrosas visitas, antes que otorgara por entero en su amor. Y después un mes ha, como has visto, que jamás noche ha faltado sin ser nuestro huerto escalado como fortaleza y muchas haber venido en balde y por eso no me manifiestan más pena ni chamba. Muertos por mí sus secuaces, perdiéndose su fortuna, fingiendo distancia con todos los de la Urbe, todos los días encerrado en el canton con esperanza de verme a la noche. ¡Afuera, afuera el Egoísmo, afuera las alabanzas y el engaño con tan verdadero galán, que ni quiero novio ni quiero jefe ni parientes! Faltándome Calisto, me falta la vida, la cual, porque él de mí deleite, me Agrada. LUCRECIA.- Calla, ñora, escucha, que todavía persisten. PLEBERIO.- Pues, ¿qué te parece, ñora mujer? ¿Debemos hablarlo a nuestra morra, debemos darle parte de tantos como me la piden, para que de su voluntad venga, para que diga cuál le late? Pues en esto las leyes dan libertad a los weyes y jainas, aunque estén bajo el Paterno poder, para elegir. MELIBEA.- Lucrecia, Lucrecia, corre rápido, entra por la trampilla en la sala y dificultales su Conversar, interrúmpeles sus halagos con algún aparente correo, si no quieres que vaya yo dando Palabras como loca, según estoy enfurecida del concepto engañoso, que tienen de mi ignorancia. ALISA.- ¿Qué dices? ¿En qué pierdes tiempo? ¿Quién ha de irle con tan grande invención a Nuestra Melibea que no la atemorice? ¡Cómo! ¿Y piensas que sabe ella qué cosa sean tipos? ¿Si se ligan o qué es ligar? ¿O que del ayuntamiento de novio y dama se generen los hijos? ¿Piensas que su virginidad simple le conduce torpe deseo de lo que no conoce ni ha entendido jamás? ¿Piensas que sabe vagar aun con el pensamiento? No lo creas, ñor Pleberio, que si alto o bajo de sangre o fachoso o galán de gesto le ordenáremos tomar, aquello será su placer, aquello habrá por bueno. Que yo sé bien lo que tengo criado en mi guardada morra. LUCRECIA.- Ya voy, ñora.

No hay comentarios:

Publicar un comentario